Chihuahua Express
Reportaje de Revista del Domingo en Viaje, suplemento de El Mercurio, Santiago de Chile, 01 de Julio del 2001.
Portada El Mercurio  Chile1/07/2001 (255 Kb)

      El ferrocarril que sale de Chihuahua y llega al Pacífico ofrece toda clase de comodidades. Viaja con asientos anchos y un bar abierto, incluso con policías. Pero a cambio de tanto sosiego garantiza una geografía humana y natural completamente loca, desmedida, compleja: vaqueros con botas de piel de mula, indígenas que viven en cuevas, siete barrancas más profundas que el Cañón del Colorado, iglesias jesuitas asomándose entre plazas tropicales, el rastro de Pancho Villa y Creel, un pueblo fantástico que sirve como puerta de entrada para todo esto.



tren (150 Kb)       Descender del último vagón del Chepe, el tren que va de Chihuahua al Pacífico, es como entrar a una feria de variedades sin haberlo decidido. Un vaquero tira un cigarrillo al andén, lo aplasta con su bota que termina en punta y se queda mirando la vía, como si por ella pudiera venir algo más interesante que un ferrocarril turístico. Se acomoda el sombrero y desaparece por un callejón que huele a pinos.
Creel es un pueblo de siete mil personas, que cuenta con luz eléctrica y agua potable recién desde 1972. Si no fuera por el tren, parecería un enclave del Viejo Oeste. Los hombres desfilan con tenidas cowboy, dejan que el sol los aturda en medio de la plaza y luego desaparecen detrás de las puertas de un saloon a beber mochilada: cerveza y tequila.



Conductor (117 Kb)       Creel es un pueblo clavado en las tierras altas de la Sierra Tarahumara, con una plaza y dos iglesias, detenido en el tiempo. Pero cuando llega el ferrocarril, cosa que ocurre cuatro veces por día, la prisa reemplaza a la calma. Si no son los cowboys que esperan a los visitantes para conducirlos a alguno de los hoteles, son los propios turistas, la mayoría estadounidense, sujetos ya grandecitos pero llevan el nombre escrito en etiquetas sobre el pecho, se aferran a sus cámaras y se desparraman en el andén como niños.
      Entre medio, un par de tarahumaras ofrece cestería hecha con las hojas largas de los pinos. Entonces alguien recuerda que los tarahumaras o raránuris, como se llaman a sí mismos, son uno de los pueblos mexicanos que menos contacto ha tenido con el exterior. Y que cuando las tropas de España intentaron subyugarlos, "los que caminan bien" se levantaron en armas, cuando finalmente fueron vencidos, se replegaron en las cuevas de las montañas y sólo hace poco han vuelto a salir.

La Piedra Volada, cerca de Divisadero.(277 Kb)

      ¿De qué se trata este mundo serrano? ¿Cómo es que hay vaqueros en el estado más grande de México, y cómo es que estos conviven con los raránuris, y ellos con misioneros jesuitas, y los misioneros con los turistas? Puede que el ferrocarril Chihuahua - Los Mochis sea netamente turístico y que ya no huela a aventura. Pero viajando en tren es como se descubren las Barrancas del Cobre, un geografía extrema -selvática en algunos tramos, lunar en otros- que sumerge en otro mundo sin mediar aviso. ¿Un mundo pegado al cielo?


mapa (194 Kb) El tren era mi sueño
      La historia de este ferrocarril que cubre 654 kilómetros partió a fines del siglo 18. Un grupo de estadounidenses se vino al pueblo de Topolobambo con la idea de instalar una comunidad socialista. Pero uno de ellos, Albert Owen, buscando apoyo económico para llevar a cabo el proyecto, se fue a explorar la Sierra Tarahumara y descubrió que si conectaba la costa del Pacífico con la ciudad de Kansas podía hacer un buen negocio y además unir las dos geografías de sus amores.
      Se contactó con los hombres influyentes de Chihuahua y entre ellos consiguió socios ganaderos. En 1872 encargó un estudio topográfico y entonces se dió cuenta de que la Sierra era bella precisamente porque era irregular. Los Mochis está al nivel del mar. Chihuahua en la sierra. Y las cascadas, los cerros y los bosques que hay en el trayecto son sólo un aperitivo del panorama salvaje que hay más abajo: las Barrancas del Cobre, como se llama genéricamente a siete gargantas de casi dos mil metros de profundidad, en las que habitan los raránuris.
Creel (117 Kb)       Las Barrancas del Cobre dejan de una pieza. No importa de cuál se trate, porque todas las escarpaduras funcionan como líneas divisorias. Arriba está el tráfago comercial entre Chihuahua y los pueblos serranos, la nueva carretera que le quitó pasajeros al ferrocarril, los hoteles cinco estrellas, internet y pueblos como Creel.
      Abajo, en cambio, al final de las barrancas, sobrevive el mundo antiguo de los raránuris que duermen en cuevas, usan taparrabos, consumen peyote en ceremonias y caminan con igual naturalidad entre iglesias jesuitas del 1600 y vegetación subtropical.
      Son los de arriba y los de abajo. El mundo nuevo y el antiguo. El desierto y la selva. Los cowboys que delatan la cercanía de la frontera y los indígenas evangelizados en 1700 por los jesuitas. Los turistas que vienen con todo incluído, y aquellos que bajan en bicicletas a estos cañones más profundos que el de Colorado y descubren que el fondo del abismo es un solo y gran verdor.
      Aquí es donde los hombres de Owen se pusieron manos a la obra. En 1898 y la construcción de las vías se iniciaba en simultáneo desde Ojinaga, en la frontera con Estados Unidos, y Topolobambo, en la costa del Pacífico. Pero una década más tarde, cuando no habían superado ni la mitad de los obstáculos naturales, comenzó la Revolución Mexicana.
      La sierra se volvió territorio de Francisco Villa y su División del Norte. Más tarde cabalgaría también el ejército estadounidense, tratando de alcanzarlo. Fue aquí donde se fotografió al Centauro del Norte montado y mirando fijamente a la cámara. No era un buen momento para tentar los ánimos con ingenierías. Las obras del ferrocarril se suspendieron.

Garritas Raránuri
Mujer Tarahumara (42 Kb)       Los raránuris no miran a los ojos ni mucho menos sonríen al hacerlo. Es una muestra de agrasión, creen ellos. Tampoco viven en pueblos, sino en casas y cuevas esparcidas en las barrancas cuyo único contacto es la iglesia a la que pertenecen. Por ejemplo, todos quienes acuden a misa en la hermosa iglesia San Ignacio de Loyola son miembros de la comunidad San Ignacio de Loyola.
      Los jesuitas llegaron aquí en 1629 y desparramaron sus misiones en el fondo de las barrancas. Cristianizaron a los indígenas y ahora el sincretismo religioso, tan característico de México, se palpa fácilmente.
Iglesia San Igancio de Loyola (33 Kb)       El padre dirige el resto y luego el gobernador de la comunidad, que es elegido por consenso y que no es un jefe sino un servidor, los sermonea. En general, repitiendo la misma idea que les transmitió el padre. Y luego vienen los juicios -explica Juan Ávila, El Pato, sacerdote de la Parroquia de Creel.
- ¿Qué juicios?
      - Los raránuris resuelven sus diferencias en juicios públicos y el juicio sólo termina cuando ambas partes se reconcilian, también en público, y todos se dan la mano, las familias y los amigos -acaba de explicar este hombre que llegó a la Sierra Tarahumara hace 26 años.
      Hoy se conservan varias iglesias, a pesar de las matas subtropicales que les crecen a los lados, y algunos restos del antiguo esplendor de la minería de plata. Pero las cosas han ido cambiando para los raránuris.
Coche Comedor (104 Kb)       En los años 60, el 80 por ciento de los niños moría antes de los cinco años. Ahora, gracias a la acción de la Parroquia de Creel, donde además de Ávila trabaja el sacerdote jesuita Luis Verplancken, disponen de atención gratuita en el hospital local, tienen acceso a agua potable y ya empiezan a relacionarse con los turistas.
      - Andaban en garritas, ahora usan zapatos y apenas pueden se compran vestidos. Antes, de veras, eran para dar lástima. Pero abrí dos escuelas para indígenas tarahumaras y en una de ellas empezamos a producir artesanía. Hace 34 años abrimos una tiendita, Artesanía Misiones, y fue la única durante 12 año. Luego empezó a correrse la bola y ahora hay 15 o 20 tiendas en el pueblo -explica el adusto Verpkancken, conocido por su excelente relación con los empresarios y otros "bienhechores", que le financian sus iniciativas de ayuda a los raránuris.
      Se calcula que hay unos 50 mil indígenas dispersos en 50 mil kilómetros cuadrados. Y que lentamente han ido acostumbrándose al tuurismo, al punto que hoy extienden la mano para pedir monedas. Incluso, en hoteles cercanos a la estación Divisadero se pueden llegar a tener la sospecha que no es caxualidad que justo bajo la terraza donde ofrecen aperitivos haya un par de cuevas habitadas, perfectamente visibles.

Por una Nikon
      El ferrocarril Chihuahua - Pacífico se inauguró el 20 de noviembre de 1961, a las siete de la mañana. La algarabía alcanzó para todo Chihuahua. Ya no existía la comuna de Owen. Tampoco se había conectado Los Mochis con Kansas. Pero el estado contaba con una "maravilla de la ingeniería", como no se cansan de repetir, porque atraviesa 86 túneles y 37 puentes. - Era más bonito, nevaba en esos años, no había turistas ni promociones y los carros eran de madera, con farolitos -recuerda Jesús Quezada Erives, uno de los catorce conductores que trabajaban en el ferrocarril cumpliendo turnos de 30 días de trabajo por cuatro días de descanso. El conductor es el jefe, el hombre que coordina a la tripulación, incluyendo al maquinista.
El Chepe (128 Kb)       Quezada Erives lleva 37 años trabajando en el ferrocarril. Aprendió de su padre, que era carpintero del tren, y éste, de su propio padre: "Mi abuelo era celador de los alambres: andaba en un carrito chiquitito, que aquí llamamos motor, revisando las líneas de comunicación. Mi abuelo comenzó cuando empezó el tren y durante mucho tiempo fue una empresa familiar. Nada más los familiares entrábamos a trabajar".
- ¿Y qué pasó?
      -Que en el 98 lo privatizaron. Fue un cambio muy importante. Ellos no son ferrocarrileros ciento por ciento, y quieren que uno trabaje como si fuera una fábrica, una maquiladora. Eso no se puede. El ferrocarril es muy diferente a otra empresa. Esto es una carrera de toda la vida, y ellos no lo entienden.
      Los nuevos propietarios cambiaron el nombre del tren. Le pusieron Chepe por Chihuahua (che) y Pacífico (pe). Y para la primera clase remozaron los vagones, instalaron un coche-comedor y otro coche-bar. Durante un tiempo suspendieron el servicio express (traslado de mensajes y carga pequeña, de bastante importancia para los indígenas), inyectaron dinero en publicidad y mandaron a imprimir catálogos en inglés.
      El único episodio de aventura férrea que se oye en estos días sucedió en 1997, cuando seis bandoleros encañonaron al maquinista, bebieron algo en el coche-bar y luego fueron desvalijando a los pasajeros uno por uno. Como ya era un tren turístico, dicen que una señora mayor. europea. estaba encantada con la posibilidad de vivir una aventura digna del Viejo Oeste en carne propia. Y que, en cambio, un pasajero suizo se negó a entregar su cámara Nikon.
Elizabeth Kroeber, menonita (54 Kb)       Policías estatales y federales persiguieron al grupo durante semanas. Hasta en Chiapas se supo del incidente. Y cuando finalmente dieron con los asaltantes, estaban muertos. Se habían matado entre ellos, porque querían la cámara. El dueño de la Nikon ya había sido enterrado como la única víctima del asalto al tren.
      -A mí nunca me ha tocado nada raro. Descarrilamientos, sí, accidentes, también, pero nada muy grave. Ahora viajamos con dos policías a bordo, así que todo es muy seguro -tranqiliza el conductor. Antes de apresurarse a vigilar al grupo de adultos mayores que se baja en la estación de Divisadero.
      Aquí nuevamente los raránuris dan la bienvenida oficial. El mirador tiene una vista magnífica a las barrancas del Cobre y Urique (la más profunda y conocida), el aire fresco se arremolina entre las cestas de pino y cuando cerro abajo se distingue a una mujer tarahumara por los colores de su ropa, el ferrocarril Chihuahua-Pacífico se pone en movimiento. Como si nada hubiera cambiado.